| In Memoriam: José María Lima |
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Hablamos toda la tarde. Tomamos café. Me contó de su vida. Y yo, fascinado, pensaba que ante mí estaba un iluminado, un sabio, un verdadero palabrista. Yo, extranjero en todas partes y ciudadano de la palabra, nunca merecí tanto poeta. Fue una de muchas conversaciones que tuvimos por casi un año, durante el cual, entre sus recaídas en su condición de salud, montamos el libro que él quería. Un día de esos en que se decía en lucidez, Lima me dijo: “Éste es el primer libro que yo organizo”. Hacía cambios, eliminaba versos, añadía otros. Yo tan sólo lo escuchaba y lo miraba. Cuando revisaba, no necesitaba verificar el manuscrito. Se lo sabía de memoria. Ante Lima, no había otro modo que la humildad. En medio del proceso, mi madre fue diagnosticada con cáncer del seno. Ante mi tristeza, el poeta dijo: “Es una pena. Pero la muerte nos hace mejores”. El poeta cambió de plano existencial ayer. Su libro en prensas lleva por título Poemas de la muerte, con los cuales pidió ser enterrado. Ahora, irremediablemente una obra póstuma, se nos adentra hecho palabras. La carne gravita. Se desvanece. El poeta se queda. --- Ahora digo ayer aunque lastime. Camino despacio este tablado. Reúno, resucito, respiro. Escogidas palabras a una señal, acuden a despertar desvelos olvidados. Me recuesto a dormir en las fisuras (es sabio; no agrede la ventisca, de este lado del muro conozco el empedrado y las alturas, el residual espacio las lagunas las voces desteñidas los molinos los odres engañosos las bacías vacías; es tibio) de reojo la sorprendo restando y disponiendo restos. “Habla a solas” murmuran los vecinos yo sé que dialoga sé a quién promete aquel lugar oscuro rodeado de antiguas fantasías, ahora pálidas, pero no le respondo. antes desconocía sus mañas me escurría hasta sus predios, mi alforja rebosante de inocencias. me parecía leer en sus tapices las horas con fortuna de los días en acecho, la calma que encerraban las borrascas las fragantes fronteras del dolor, la alegría aferrada a las desgracias. en ocasiones me tendió golosinas mi moneda más limpia se posó sabiamente. cuando me dio la espalda adiviné fulgores debajo de sus cuencas. no tuve la osadía de sonreír espero que lo sepa. yo sé de carcajadas necias con las que hizo su agosto. así aprendí sus tretas más filosas. ya no invado su jardín de delicias me bastan los antiguos trofeos secos y patinados que penden de mis muros.
(-de Testamento, en Poemas de la muerte).
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